sábado, 6 de octubre de 2012

Capítulo 7



Capítulo 7
Ya se ha hecho habitual para mi tía esto de mis salidas nocturnas. Ya ni siquiera pregunta a donde voy porque supone que estoy todo el tiempo con Erick. A veces llego a pensar que debe verlo como mi novio o algo así. Ya quisiera yo.
Fuimos al cementerio…
-¿No se supone que íbamos a una fiesta? – Pregunto Erick.
-Sí. Aquí es la fiesta. – Respondió Jonah con su habitual sonrisa de “te pille”. – Voy a presentarlos con los maestros hoy. Recuerden lo que han aprendido en estas semanas.
Nos detuvimos cerca de un mausoleo pequeño donde solo cabría uno de nosotros parado e incómodo. No tenía puerta, ni decorados, ni flores; nada que pudiera distinguirlo de todos los mausoleos blancos que había alrededor.
Jonah se acercó a este mausoleo simple, se agacho, levanto una baldosa del suelo y… había un cerrojo en el suelo. Se sacó un juego de llaves del bolsillo de su chaqueta y al meter la llave, y girarla, note que el resto del suelo del mausoleo era de madera muy bien camuflada. Prosiguió a levantar el suelo de madera. Lo único que había debajo de esta tapa era una bolsa plástica enterrada en la tierra, con un papel doblado adentro.
El papel tenía escrita una dirección no muy lejos del cementerio.
-Aquí es a dónde vamos. -  Jonah extendió el papel para que lo viéramos bien. – ¿Alguno sabe dónde es esto? Porque yo no.
-Es a dos calles de aquí. – Erick si conocía toda la ciudad mucho mejor que yo. Yo solo sabía que estaba cerca porque mi tía me lo dijo una vez.
Caminar no era un problema pero si era tedioso. Es lo malo de no tener auto. Jamás me imagine que un montón de aficionados de la magia se reunieran en una cafetería cualquiera a tomar té y comer pastelitos. Café Noir, el lugar más popular para los adultos mayores de treinta con dinero era el lugar de reunión. Por lo menos el de esta ocasión.
Me sentía tan ansiosa por descubrir cómo serían los maestros. Me imaginaba a unos viejos barbudos con capuchas o túnicas largas, al estilo Gandalf o Houdini. Y al final no fue así. Ni siquiera la “fiesta” era tan mística como en mi imaginación. Al llegar al lugar, la cafetería, me encontré con un puñado de personas muy normales, tomando café o té en mesas llenas de pastelitos, charlando de cosas normales, riendo y bromeando.
Jonah me tomo del brazo como si fuese su acompañante y no me opuse; probablemente porque no me di cuenta de lo aturdida que estaba. Mi ansiedad no disminuyo a pesar de la imagen tan pintoresca que se presentó ante mis ojos al abrir la puerta. Una mujer cantando en la esquina música suave e hipnótica, acompañada por un pianista talentoso. Probablemente uno de esos niños ricos de la escuela privada de la ciudad; aun vestía su uniforme de la escuela. Los demás con ropas normales o de oficina. Nada parecido a lo que cualquiera hubiera pensado como una reunión de magos ¿o eran brujos, hechiceros?
Jonah tomo la palabra al instante.
-Hermanos, les presento a los nuevos integrantes, - señalo a Erick con su mano extendida, muy caballerosamente. – Erick Luther, hijo del enterrador más famoso de la ciudad, - luego me señalo a mí de la misma forma. – y Rose Nightingale.
Todos aplaudieron y nos saludaron con un caluroso “bienvenidos sean”, al unísono.
Caminamos hacia una mesa con tres asientos vacíos. El único señor sentado en esa mesa no tenía pinta de mago ni nada parecido, pero se veía sabio e inteligente a la vez. Efectos de su edad supuse. Se levantó solo para mover mi silla como lo haría un caballero. ¿Les enseñaran modales aquí, en esta secta?
Saludo a Jonah con las manos y lo invito a sentarse. Se nos quedó viendo un buen rato antes de decir una palabra.
-Luther, Erick, aquí no necesitas de tus habilidades, no hay nada de que temer. – Su sonrisa era contagiosa. Muy cálida y confiable al igual que sus ojos. – Señorita Rose, lamento lo de sus padres. Eran una pareja tan amable.
Al escuchar eso lo recordé. Cabello negro, canoso; ojos verdes…
-Señor Ben. – lo único que se me ocurrió decir. Yo no sentía la muerte de mis padres, ya no.
-¿Y que los trae por aquí jóvenes?
Erick solo observaba. No movía ni un musculo, ni siquiera la vista. Nunca en mi vida lo había visto tan serio y tranquilo al mismo tiempo. Jonah por su parte era el mismo.
-Los traje para demostrar de que son capaces. Quieren unirse a nosotros.
-Pues veámoslo entonces. Comenzando con las damas. ¿Qué tiene preparado, señorita Rose?
Volví mi vista hacia Jonah, tal vez buscando su aprobación. Asintió con la cabeza y movió sus cejas empujándome a continuar. Lamentablemente no tenía nada preparado y dije lo primero que se me vino a la mente.
-Voy a desaparecer… - Esa me parecía la mejor opción, estaba vacía. – esa taza.
-Adelante.
Tome la taza en mis manos y pensé en desaparecerla, hacerla invisible o disolverla en el aire. Cualquier cosa estaba bien siempre y cuando ya no se pudiera ver. Y al instante en que esos pensamientos fueron lo único invadiendo mi cabeza la taza se disolvió como polvo en el aire, una pequeña mancha de humo y ya no estaba en mis manos. Ni el peso ni el volumen de la taza eran perceptibles.
-¿Sabe dónde está la taza, señorita Rose?
-Yo si se. – Erick se me adelanto, extendió la mano y la taza apareció en su palma. – Aquí la tiene señor.
-Impresionante. – Lo mismo pensé. No creí que Erick fuese capaz de hacer eso, todo este tiempo estuvo practicando como mejorar su habilidad de leer mentes. – Pero mi pregunta aún no ha sido respondida ¿Señorita?
-Está ahí, en la mesa.
Me sentí tan tonta con esa respuesta. Era claro que no era la respuesta que esperaba. Su sonrisa era casi burlona cuando dijo lo siguiente, como si estuviese reprendiéndome.
-La taza se convirtió en humo. Estaba en el aire porque no desapareció, siempre estuvo aquí. Debería saberlo, señorita Rose, de que no puede desaparecer objetos, es imposible. Esta simplemente cambio de estado haciéndola invisible para nuestros ojos.
Prácticamente me ridiculizo enfrente de Erick y Jonah.
-Ella aprendió a hacer eso ella sola. – dijo Jonah. – Es algo terca cuando se trata de enseñarle.
-Entiendo, sin embargo no es excusa. Para practicar magia deben saberse estas cosas o se convierte en una práctica peligrosa para las mentes impulsivas. Tenga eso en mente para la próxima, señorita Rose.
Asentí con la cabeza y hasta ahí. Ellos siguieron con su conversación pero no quise escucharlos. Tan ridiculizada como me sentía solo pensaba en irme. Veía a mí alrededor constantemente como quien busca una salida o una excusa para retirarse. Ese era mi objetivo supongo.
Me encerré en mis pensamientos como nunca lo había hecho. A cada segundo pensaba en lo infantil que era mi comportamiento, en que no debería estar aquí para empezar. Me desesperaba y agonizaba en mi interior mientras me auto criticaba. Y empecé a compararme con el calmado Erick sentado a mi derecha, y el alegre Jonah frente a mí. Más patética, más idiota a cada minuto. Era tan estúpido seguir aquí sintiéndome tan mal.
No fue hasta que escuche mi nombre en voz del señor Ben que regrese a la mesa.
-¿Señorita Rose?
-¿Diga?
-Conozco al hombre perfecto para una estudiante con tanto talento. Déjeme presentarla ante su nuevo tutor. Acompáñenme, por favor.
Nos levantamos todos de la mesa. El señor Ben me movió la silla nuevamente en la próxima mesa, pero esta vez solo me senté yo, los demás se fueron por su lado. Me quede sola con mi tutor:
-Vincent, - dijo el señor Ben a modo de presentación. – la señorita Rose será tu primera estudiante. Te la encargo mucho.
Nombre interesante para un chico que aparentaba veintidós o veintitrés años. Me extendió la mano y yo la recibí por inercia.
-Mucho gusto Rose, me llamo Vincent Valentine, ¿y tú?

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